
En Chicago, en 1886, fueron ejecutados los ocho sindicalistas que reivindicaban, junto a muchos otros, mediante una huelga que acabó con la tragedia de Haymarket, la jornada laboral de ocho horas. Fueron rápidamente conocidos como "Los mártires de Chicago".
Su memoria se conmemora cada año el 1º de mayo, con los actos reivindicativos, de consolidación de conciencia, y también festivos que se organizan en todo el mundo, excepto en Estados Unidos.
El 29 de octubre de 1919, en Washington, se acordaba el Convenio nº 1 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por el que se establecían las ocho horas como jornada máxima de trabajo.
La lucha obrera había logrado esta reivindicación, y la lucha obrera la fue extendiendo y consolidando en todo el mundo, de forma que se considera ya como algo adquirido, imposible de modificar en perjuicio del trabajador, tal como recogen la mayoría de las legislaciones laborales.
Ahora el Consejo de Ministros de Trabajo de la Unión Europea ha acordado por mayoría - con la firme oposición del Gobierno de España, entre otros - la aprobación de una Directiva que establece como jornada máxima las 60 horas semanales, que pueden llegar a 65 en casos especiales.
Es de todo punto inadmisible, por más que se aluda al carácter voluntario para el trabajador, cuando sabemos cuales son los medios para que el trabajador no tenga más remedio que tener esa voluntad. Es un retroceso inimaginable, es la renuncia a las conquistas de años de lucha y al establecimiento de unas condiciones de trabajo aceptables.
Aún debe de pronunciarse el Parlamento Europeo, y es necesario que el clamor de los partidos y sindicatos de izquierdas en toda Europa se una para impedir que se consume tal jugada.
La opinión contraria a las 65 horas, a tamaño retroceso histórico, debe de manifestarse con fuerza tal que haga imposible que los miembros del Parlamento Europeo voten contra la voluntad así expresada por sus representados.
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