5.2.07

Muerte en Filipinas


Estamos en la sala de actos de la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la Universidad de Filipinas, en el Campus de Diliman, Quezon, en Metro Manila. Es el 30 de enero pasado.

Ronda la mitad de la primera mañana de las jornadas a las que nos ha invitado a los representantes de ACSUR-Las Segovias (Asociación para la Cooperación con el Sur) la coalición Laban ng Masa (Lucha de las Masas), que agrupa un amplio espectro de las izquierdas sociales y políticas filipinas, incluyendo partidos políticos, movimientos sociales, sindicatos, cooperativas de trabajadores, ONGs, etc. Estamos discutiendo sobre democracia participativa y formas alternativas de poder popular.

Le corresponde intervenir al Dr. Francisco Nemenzo, ex Rector de la Universidad de Filipinas y Presidente de Laban ng Masa. Es él quien nos da la noticia. Unos pistoleros sin identificar, pero sobre los que cabe pocas dudas respecto a de quien reciben las instrucciones, acaban de asesinar a tiros al dirigente del sindicato campesino de la isla Ilo Ilo, afiliado a Laban ng Masa. Su mujer, herida gravemente en el ataque, está ingresada en la UCI del Hospital del distrito.

Se organiza inmediatamente una colecta para los gastos de entierro y de hospitalización de la viuda. Se determina el lugar y hora de la rueda de prensa de condena del atentado. Se decide la redacción del comunicado de repulsa. Siguen los trabajos de la conferencia.

Los delegados extranjeros, de Nepal, India, Vietnam, Malasia, Indonesia, Australia, Venezuela, Suecia y España, recibimos un curso acelerado de la coexistencia cotidiana con la muerte violenta a la que está acostumbrada la izquierda filipina.

El trabajo continúa, pese al dolor por la muerte del compañero, precisamente por el dolor y la rabia por la muerte de tantos compañeros, por el asesinato de tantos compañeros.

Dos días después, en San Fernando, capital de la provincia de Pampanga, en Luzón Central, en el curso del Forum sobre Derechos Humanos, recibimos información escrita y oral sobre los asesinatos políticos sufridos por las izquierdas en los últimos tiempos. Escuchamos directamente los testimonios de víctimas de malos tratos, de destrucciones de casas, de atentados frustrados, incluidos menores de 15 y 16 años de edad, y oímos, sobrecogidos, el relato del último encuentro con su esposo, poco antes de que lo asesinaran, de la viuda de un líder local de una Asociación de Padres de Alumnos.

Mientras, la Comisión Melo, del Gobierno de Filipinas, duda y vacila en su misión de esclarecimiento de la violencia represiva. Mientras, Naciones Unidas acuerda el nombramiento y envío a Filipinas de un relator especial sobre violencia política. Mientras, el Nuncio de la Santa Sede expresa al Gobierno de Filipinas su preocupación por la situación.

Mientras, los paramilitares, las patrullas de la muerte y ciertas unidades de las Fuerzas Armadas Filipinas siguen su "lucha contra el terrorismo y la subversión" mediante el asesinato, el secuestro, las detenciones ilegales, las desapariciones.

Mientras, el mundo sabe que en mayo próximo hay elecciones en Filipinas, que hay un Congreso y una Presidencia electa, que Filipinas es firmante de todas las convenciones de Naciones Unidas respecto a los Derechos Humanos.

Mientras, el mundo ignora la muerte en Filipinas, cómo se muere y cómo se asesina en Filipinas.

Frente a la muerte, al asesinato político o social, en Filipinas o en cualquier otra parte, debemos de reaccionar, sin dudas y sin tardanza.

La frialdad o la timidez nos convertirán, si no, en cómplices de los asesinos.

(artículo publicado en laRepública.es)

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